“El animal humano se define por su
carencia de instintos, porque la naturaleza es tan sólo en él una
falta…”; “el hombre no es por ello el producto de una evolución natural,
sino tan sólo el resultado de una ruptura con las leyes
naturales”; “la sexualidad humana es libre por cuanto no está sujeta a
ley natural alguna, se inscribe desde el principio en el terreno de lo
simbólico”; “destituyo a la naturaleza lo mismo que a la cultura”…
Estas frases (extraídas del prólogo que el poeta español
Leopoldo María Panero
escribió para una recopilación de textos del Marqués de Sade) son un
buen resumen de una poderosa corriente de pensamiento que ha atravesado
por el mismo centro a la cultura occidental en sus más de dos mil años
de historia.
En el siglo XXI, la postmodernidad está consistiendo en darnos cuenta
de que muchas de las cualidades que habíamos tomado como esenciales,
inherentes, al ser humano, no son tales, sino más bien relativas a un
ser humano concreto, histórico y coyuntural: el ser humano de la
civilización que se erigió desde el neolítico, de la civilización
patriarcal.
El discurso feminista más conocido ha ubicado el patriarcado allí
donde más se ve: en la dominación del hombre sobre la mujer (mujeres sin
derecho al voto, sin derecho al divorcio, sin derecho al aborto, sin
derecho al trabajo, sin derecho al poder económico, desigualdad
salarial, violencia machista, etc….). De hecho, hoy los términos
feminismo y patriarcado están -quizás por esa causa- desvalorizados por
muchos, pues suenan a una guerra o revancha entre hombres y mujeres, que
parece absurda.
Sin embargo, otros autores como
Claudio Naranjo,
han definido el patriarcado como algo mucho más amplio: como una forma
de pensar y actuar compartida por todos, una forma de entender el mundo
en la que el cerebro racional predomina (y domina, neutraliza) sobre los
otros dos cerebros humanos: el cerebro límbico-instintivo, y el cerebro
emocional.
El patriarcado así entendido, describe
ese estado
psico/físico/social patológico, caracterizado por la represión
emocional, la separación cuerpo/mente y la escisión de la naturaleza, que ha caracterizado a la sociedad humana en los últimos cuatro o cinco mil años.
Wilhem Reich se percató de que ese proceso de represión emocional
comenzaba desde el mismo momento del nacimiento. Y también que la
represión emocional, la sexual y la social son las distintas caras de
una misma represión vital.
Casilda Rodrigáñez
ha explicado luego que ese proceso represivo está allí donde nunca
hemos mirado: comienza y se reproduce precisamente con la supresión de
la maternidad corporal,
que priva al bebé mamífero humano de sus necesidades innatas.
La madre amorosa, empoderada, entrañable, primaria, original,
disponible para su criatura a través de su cuerpo, de la lactancia, del
colecho, del abrazo, del tiempo incondicional… ha sido aniquilada a
través de la represión de la mujer durante varios milenios; a la vez que
se ha institucionalizado el castigo, la soledad, la mano dura y la
pedagogía negra desde el momento del nacimiento.
Así, la reproducción de la mente patriarcal, de la mente egoica y
neurótica que hace posible la sociedad de la dominación, pasa por la
negación de nuestra condición mamífera.
Porque el ser humano sí tiene un instinto, una necesidad, un deseo y un
placer en el momento en que nace, como cualquier otro mamífero: el de
succionar el pecho materno, de permanecer junto a él, de estar
acompañado noche y día, de ser alimentado, portado y protegido durante
meses y años sobre el cuerpo de su progenitora (y progenitores) como
cualquier otro primate y mamífero.
Y es ahí, donde apenas hemos mirado, donde está el punto crítico de la civilización.
Curiosamente, los actuales corpus teóricos del
feminismo de la igualdad, así como las teorías
queer,
al negar cualquier determinismo biológico en la construcción de la
sexualidad, terminan convergiendo con su mayor enemigo, las
doctrinas teológicas y bíblicas, en un mismo punto:
la negación de la naturaleza.
Ello es comprensible si consideramos que tanto las mujeres como los
homosexuales hemos necesitado a toda costa “demostrar científicamente”
nuestro valor social. Si la sociedad hubiera sido tolerante con los
seres humanos de todo tipo, forma, color y por supuesto filiación
sexual, tales desvaríos teóricos no serían necesarios.
Porque lo cierto, lo que desde Darwin es ya innegable para muchos, es
que los seres humanos somos primates, somos mamíferos y somos animales,
y tal ruptura simbólica con las reglas de la naturaleza no puede
producirse, porque en ello nos va nuestra propia condición humana. La
neurobiología es cada vez más clara al respecto.
En ese sentido, las teorías
ecologistas convergen con las teorías
humanistas:
nuestra humanidad está allí donde mismo están las otras formas de vida.
La vida es un continuum. Y negarlo nos aboca a la destrucción que
constatamos del resto de las especies vivas y del hábitat común de
todos.
¿Puede existir un punto en el que feministas, homosexuales,
católicos, ecologistas, humanistas, espirituales… podamos entonces
convergir?
Sí, en el amor. En la importancia del amor, la tolerancia, el
respeto, la solidaridad… para la supervivencia de la sociedad. Todos los
valores éticos son expresiones sociales del amor. Y el amor es algo
tangible, es una conducta concreta que se mama desde el principio,
cuando nuestro cerebro y nuestro sistema emocional se empieza a
construir: cada bebé que nace, inmaduro, igual que hace millones de años
en la selva, trae inscrita una necesidad innata, el instinto y el deseo
de succionar, y de permanecer arropado por el cuerpo maternante.
El neonatólogo Nils Bergman, director de la maternidad de Mowbray en
Sudáfrica y uno de los mayores expertos internacionales en cuidados
madre-canguro,
lo explica y sustenta claramente:
“En términos biológicos, el Homo sapiens
es un mamífero. Lo que caracteriza a todos los mamíferos es que tienen
mamas (del latín ‘mammae’) destinadas a la alimentación de las crías.
Las investigaciones biológicas en numerosos mamíferos han demostrado que
los procesos neurológicos que tienen lugar durante la gestación (el
desarrollo embrionario) están ‘altamente conservados’, es decir, son
casi idénticos en todas las especies (Christensson, 1995). Los
mecanismos endocrinos fundamentales de la gestación, son también
notablemente similares en todas las especies (Keverne y Kendrick, 1994).
Hay modelos de comportamiento programados por el sistema límbico de
nuestro cerebro. Desde el nacimiento, todos los mamíferos presentan una
‘secuencia comportamental definida’ (Rosenblatt, 1994), que lleva al
arranque y al mantenimiento del comportamiento de la lactancia. Existen
diferencias en estas secuencias, cada especie tiene la suya propia. Un
descubrimiento fundamental y sorprendente ha sido constatar que lo
determinante es el comportamiento de la cría recién nacida; que es su
actividad la que induce una respuesta cuidadora de su madre (Rosenblatt,
1994).”
Es en el momento del nacimiento, donde la ruptura con la naturaleza y
con la condición mamífera se produce, perturbando el proceso de nacer
(casi todas las culturas lo hacen de un modo u otro: separan al bebé de
la madre y se lo llevan), socavando la lactancia, poniendo al niño a
dormir solo, dejándolo llorar… y más tarde usando todas las estrategias
conductistas de la crianza adultocéntrica.
Desde finales del siglo XX, los sociólogos (Giddens, Ibáñez…) se
dieron cuenta de que es en la micro-sociología, en las conductas
cotidianas, donde están las claves para comprender la macro-sociología,
los grandes problemas de la humanidad.
Es hora ya de que aceptemos que la humanización del nacimiento, la
crianza corporal, la educación desde el respeto y la empatía… es el
principio de la justicia social. Y también del equilibrio entre la
naturaleza y la cultura, el cuerpo y la mente, el intelecto y las
emociones.
Ahí. Recuperando nuestra condición mamífera.